lunes, 15 de julio de 2013

La otra noche

Soñé que iba caminando por una calle de Chía. Por entre La Casona y el Coliseo de la Luna. Solo recuerdo ir cabizbajo. Había otras dos o tres personas conmigo. No recuerdo bien quienes eran, pero sí que una de ellas podría haber sido mi primo. Llegando a la calle principal, aquella por donde pasan los buses que vienen llegando de la capital, miré una moneda sobre la acera. Estoy noventa y nueve por ciento seguro de que era una moneda de doscientos pesos. La recogí al mismo tiempo que notaba que no era la única. Miré, y había monedas de cincuenta y de cien pesos en el mismo lugar donde estaba la de doscientos, para un total de cinco monedas. Eso creo. Cuando levanté la última, noté que había otras debajo de la misma. Estaban formando una pequeña columna de monedas, probablemente de doscientos pesos. Para mi sorpresa, al mover la mirada un poco hacia adelante mientras me levantaba, vi un hueco en el pavimento abajo del andén, el cual estaba totalmente lleno de monedas de doscientos. La emoción me ganó. Me arrojé a esa parte del camino a recoger monedas con ansia. Las otras dos o tres personas que estaban conmigo también se dieron cuenta y empezaron a recoger. Al principio yo tomaba una, dos, tres, o máximo cinco monedas y las metía rápidamente en mi bolsillo. Pero después de un rato vi a un señor, de esos que viven en la calle, que también empezaba a recoger monedas. Hice un cálculo rápido y llegué  la conclusión de que para que valiera la pena la recogida, es decir, para que pudiera usar el dinero para algo útil, tendría que recoger muchísimas monedas. Entonces abrí las manos y las enterré en el montón sacando dos grandes puñados de dinero y metiéndolo en cada bolsillo de mi chaqueta. No sé si fue después de la tercera y cuarta manotadas que me di cuenta de que allí no había solo piezas metálicas, o sencillamente ya lo había notado desde un principio y las ansias de plata me impedían sentir y ver otra cosa aparte de las monedas. Había en ese agujero montones de diminutos pedazos de vidrio que se alojaban en mis manos haciendo sangrar algunas partes de mis dedos y quedándose encarnados en otras. Aun así, seguí recogiendo. Por momentos me detenía para sacar pequeños fragmentos de vidrio de mis dedos, pero luego continuaba. Fueron unas veinte manotadas que se dirigieron ágilmente a cada lado de mi chaqueta hasta que ya no cupo nada más. Me levanté y me alejé sonriendo mientras sacaba pequeños y cada vez más pequeños trozos de cristal de los incontables agujeros que tenía en mis muñecas, manos y dedos.