Soñé que iba caminando
por una calle de Chía. Por entre La Casona y el Coliseo de la Luna. Solo recuerdo
ir cabizbajo. Había otras dos o tres personas conmigo. No recuerdo bien quienes
eran, pero sí que una de ellas podría haber sido mi primo. Llegando a la calle
principal, aquella por donde pasan los buses que vienen llegando de la capital,
miré una moneda sobre la acera. Estoy noventa y nueve por ciento seguro de que
era una moneda de doscientos pesos. La recogí al mismo tiempo que notaba que no
era la única. Miré, y había monedas de cincuenta y de cien pesos en el mismo
lugar donde estaba la de doscientos, para un total de cinco monedas. Eso creo. Cuando
levanté la última, noté que había otras debajo de la misma. Estaban formando
una pequeña columna de monedas, probablemente de doscientos pesos. Para mi
sorpresa, al mover la mirada un poco hacia adelante mientras me levantaba, vi
un hueco en el pavimento abajo del andén, el cual estaba totalmente lleno de
monedas de doscientos. La emoción me ganó. Me arrojé a esa parte del camino a
recoger monedas con ansia. Las otras dos o tres personas que estaban conmigo también
se dieron cuenta y empezaron a recoger. Al principio yo tomaba una, dos, tres,
o máximo cinco monedas y las metía rápidamente en mi bolsillo. Pero después de
un rato vi a un señor, de esos que viven en la calle, que también empezaba a
recoger monedas. Hice un cálculo rápido y llegué la conclusión de que para que valiera la pena
la recogida, es decir, para que pudiera usar el dinero para algo útil, tendría que
recoger muchísimas monedas. Entonces abrí las manos y las enterré en el montón
sacando dos grandes puñados de dinero y metiéndolo en cada bolsillo de mi
chaqueta. No sé si fue después de la tercera y cuarta manotadas que me di
cuenta de que allí no había solo piezas metálicas, o sencillamente ya lo había notado
desde un principio y las ansias de plata me impedían sentir y ver otra cosa
aparte de las monedas. Había en ese agujero montones de diminutos pedazos de
vidrio que se alojaban en mis manos haciendo sangrar algunas partes de mis dedos
y quedándose encarnados en otras. Aun así, seguí recogiendo. Por momentos me detenía
para sacar pequeños fragmentos de vidrio de mis dedos, pero luego continuaba. Fueron
unas veinte manotadas que se dirigieron ágilmente a cada lado de mi chaqueta
hasta que ya no cupo nada más. Me levanté y me alejé sonriendo mientras sacaba
pequeños y cada vez más pequeños trozos de cristal de los incontables agujeros
que tenía en mis muñecas, manos y dedos.
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